KONRAD
00a0aecccfd57a3caaa795c8e3a2192c KONRAD para niños de infantil

I.

La señora Berti Bartolotti se sentó en la mecedora y empezó a desayunar. Se tomó cuatro tazas de café, tres panecillos con mantequilla y miel, dos huevos pasados por agua, una rebanada de pan negro con jamón y queso y una rebanada de pan blanco con foie-gras de ganso. Como s mecía mientras comía y bebía al fin y al cabo las mecedoras son para mecerse, su bata azul celeste acabó llena de manchas marrones, de café, y amarillas, de huevo. Además, gran cantidad de migas de pan le cayeron por el cuello de la bata.
La señora Bartolotti se levantó y empezó a saltar sobre un pie por el cuarto de estar hasta que todas las miguitas hubieron caído de la bata. Después se chupó los dedos pegajosos de miel. Entonces se dijo a sí misma:
¡Criatura!Ahora vas a lavarte y a vestirte como es debido y a ponerte a trabajar, ¡pero rápido!
Cuando la señora Bartolotti hablaba consigo misma, siempre se decía «criatura».
En la época en que la señora Bartolotti era realmente una criatura, su madre le decía constantemente:
Criatura, que hagas los deberes en seguida. Criatura, que seques la vajilla. Criatura, cállate.
Y más tarde, cuando la señora Bartolotti ya no era una niña, su marido, el señor Bartolotti, siempre le decía:
Criatura, que prepares pronto la comida. Criatura, que me cosas un botón de los pantalones. Criatura, que friegues el suelo.
La señora Bartolotti se había acostumbrado a cumplir las órdenes y los encargos sólo cuando le llamaban «criatura». Su madre hacía tiempo que había muerto y el señor Bartolotti hacía tiempo que se había ido a vivir a otra parte; a nadie le interesaba por qué, era un asunto privado. En todo caso, la señora Bartolotti no tenía a nadie más que a sí misma que le llamara «criatura».

II
La señora Bartolotti entró en el cuarto de baño. Le apetecía un baño bien caliente. Lo malo era que en la bañera nadaban los peces dorados. Eran siete carpas doradas pequeñas y cuatro grandes, y la señora Bartolotti las había sacado el día anterior de la pecera y las había echado en el baño porque le pareció que los peces necesitaban un cambio de agua. Todo individuo, pensó la señora Bartolotti, toma sus vacaciones y se marcha de viaje. Solamente las pobres carpas doradas se pasaban todo el año dando vueltas y vueltas en su redonda pecera.
La señora Bartolotti decidió contentarse con una ducha bien caliente. (Tenía una cabina de ducha aparte en el cuarto de baño). Desgraciadamente la puerta plegable de la ducha no cerraba bien. En realidad no es que no cerrara bien, sino que no se abría, porque la señora Bartolotti había extendido una cuerda que cruzaba cuatro veces el cuarto de baño de la ventana a la ducha, para tender sus vaqueros y su suéter de lana. Y en el lavabo estaban los vaqueros y el suéter, que aún no había lavado.
¡Pues te lavarás en seco ahora mismo, criatura! dijo a su imagen en el espejo y cogió un trozo de algodón y un frasco grande del armario del cuarto de baño.
Vertió un poco de líquido rosa en el algodón y se frotó a fondo la cara. El algodón se volvió multicolor. Rosa de maquillaje, rojo de barra de labios, negro de rimmel, marrón de lápiz de ojos, verde de sombra de párpados y azul marino de línea de cejas.
¡Se ha puesto magnífico! dijo la señora Bartolotti al ver el algodón y lo tiró justo al lado de la papelera, debajo del lavabo.
Después sacó varios tubos, frascos y lápices del armario y volvió a ponerse la cara rosa, roja, negra, marrón, verde y azul marino. Entonces descubrió que el frasquito de la pintura de las pestañas estaba casi vacío, así es que escribió con la barra de labios en los azulejos de la pared del cuarto de baño:
¡¡¡COMPRAR PINTURA DE PESTAÑAS!!!
Después, con la esponja del baño, borró de los azulejos COMPRAR PAPEL TOILETTE, escrito igualmente con lápiz de labios, porque ya lo había comprado el día anterior.
Antes de salir del cuarto de baño, la señora Bartolotti se miró en el espejo del lavabo para averiguar si su aspecto era juvenil o no. O sea, que tenía días jóvenes y días viejos. Ese día la señora Bartolotti tenía un día joven. Quedó complacida de su cara.
Tan joven como se puede, tan guapa como es posible murmuró para sí, aprobadora. Todas las arrugas en torno a los ojos y a la boca estaban disimuladas con maquillaje rosa.
La señora Bartolotti nunca decía su edad, por lo tanto nadie la sabía. Por eso tenía diversas edades.
La anciana señora Meier, su vecina, cuando hablaba de la señora Bartolotti, decía:
La joven señora Bartolotti.
El nieto de la anciana señora Meier, el pequeño Michi, decía:
La vieja señora Bartolotti.
El señor Egon, que vendía en su farmacia polvos, supositorios y pomadas, y que se le habían formado dos pliegues en la frente de leer tantas recetas, decía:
Berti Bartolotti es una mujer en la mejor edad.

III
También el señor Egon estaba en la mejor edad. Tenía cincuenta y cinco años. Se trataba familiarmente con la señora Bartolotti dos veces por semana. Una vez él la visitaba a ella, y otra vez ella le visitaba a él. Iban al cine o al teatro, después a cenar, luego tomaban una copa o tomaban un café. Dos veces por semana el señor Egon llamaba a la señora Bartolotti «Bertita» y dos veces por semana la señora Bartolotti llamaba al señor Egon «Egoncito». Pero el resto de los días de la semana, si la señora Bartolotti iba a la farmacia a comprar jarabe para la tos o se encontraban en la calle, ella le llamaba «señor» y él la llamaba «señora». En general no solían hablar los demás días.
Los días de familiaridad eran siempre los martes y los sábados.
La señora Bartolotti volvió al cuarto de estar, después de haberse observado durante un largo rato en el espejo. Se sentó de nuevo en la mecedora, encendió un cigarro y empezó a considerar si se ponía a trabajar, se iba de compras o mejor se volvía a la cama. Justo cuando se había decidido por la cama, sonó el timbre de la puerta. Sonó fuerte y largo. La señora Bartolotti se llevó un susto de muerte. Sonó como cuando llamaba el cartero, el repartidor de telegramas o los bomberos.
La señora Bartolotti dejó el cigarro en un platillo floreado y se dirigió a la puerta Esperaba que quien había llamado tan fuerte y largo fuera el cartero con un giro postal. La señora Bartolotti siempre esperaba al cartero con un giro, y de vez en cuando venía realmente el cartero y traía dinero. Mil chelines o dos mil chelines o, incluso, cinco mil chelines. Según hubiera sido de grande la alfombra que la señora Bartolotti había vendido. En la orden de pago ponía:
CASA BARTOLOTTI & COMPANY
ALFOMBRAS DE ARTESANÍA
La firma comercial Bartolotti & Company era la señora Berti Bartolotti. La Company se la había inventado para que su tarjeta comercial pareciera más importante y sólida.
La señora Bartolotti hacía las más bellas y coloreadas alfombras de nudo de toda la ciudad. Los comerciantes que vendían sus alfombras decían a sus clientes:
La señora Bartolotti es una artista, ¡una verdadera artista! Sus alfombras son pequeñas obras de arte. ¡Por eso son tan caras!
(Los comerciantes de alfombras pedían a los clientes tres veces o más de lo que pagaban a la señora Bartolotti. Por eso resultaban tan caras las alfombras.)
El que había llamado tan fuerte e insistentemente, el que estaba en la puerta, no era el cartero de los giros. Era el cartero de los paquetes postales. El cartero de los paquetes postales respiraba con dificultad y se secaba el sudor de la frente.
¡Condenado chisme! dijo, señalando el enorme paquete envuelto en papel blanco. Pesa por lo menos veinte kilos.
Y el hombre arrastró el paquete por el pasillo hasta la cocina; la señora Bartolotti firmó un recibo y dio al cartero cinco chelines de propina. El cartero dijo:
Hasta otra vez.
Y la señora Bartolotti dijo:
Hasta luego Y acompañó al cartero hasta la puerta.
Luego recogió su cigarro del cuarto de estar y fue a sentarse en una silla de la cocina frente al gran paquete blanco. Se palpó el pelo teñido de rubio, se pasó las uñas pintadas de azul cielo entre los mechones endurecidos por la laca y meditó.
Lana, pensó, lana seguro que no es. La lana no pesa tanto. Un paquete de lana de este tamaño pesa a lo sumo cinco o seis kilos.

La señora Bartolotti se levantó y giró en torno al paquete. Buscó algún remitente y no encontró ninguno. Tampoco lo halló cuando con grandes dificultades lo tumbó y miró en la parte de abajo.
Criatura se dijo severamente la señora Bartolotti, ¡examina a fondo tu conciencia!
La verdad era que la señora Bartolotti tenía una manía: era aficionada a los cupones y a los boletines de pedido, le gustaban las ofertas rebajadas y las ofertas especiales más que nada en el mundo. Cuando en un periódico, o en un catálogo, o en una revista encontraba una tarjeta de pedido o cupón, lo arrancaba, lo rellenaba y lo enviaba. Era hasta tal punto aficionada a los boletines de pedido que nunca se paraba a pensar si el objeto le era útil. Por su manía de hacer pedidos, la señora Bartolotti había llegado ya a las mayores rarezas: una enciclopedia universal de animales en diecisiete tomos, una partida de calcetines de hilo para caballero, un servicio de té de plástico para veinticuatro personas, una suscripción a una revista de piscicultura y otra a una publicación de desnudismo. Además: un molinillo turco de café (pero no para moler café, sino como lamparita de noche), diez calzoncillos de angora de una talla enorme y nueve máquinas budistas de oración. Pero sin ninguna duda lo más singular que la señora Bartolotti había encargado y recibido era una alfombra. Cuando el repartidor trajo la carísima y horrible alfombra floreada, la señora Bartolotti lloró, con razón, por su manía y se juró no volver a encargar nada nunca, nunca más.
IV

Pero, como ocurre cuando se tiene una auténtica manía, la señora Bartolotti volvió a rellenar una tarjeta al día siguiente:
Y encargo por la presentecontra reembolso y a porte pagado144 (en letras: CIENTO CUARENTA YCUATRO)Cucharillas de té plateadas.
Por consiguiente, la señora Bartolotti examinó a fondo su conciencia. Su conciencia estaba casi limpia. Salvo un pedido de un paquete gratuito de una muestra de…, sólo recordaba una oferta especial de automáticos cromados con pinzas y punzón. Pero esa oferta especial era imposible que pesara cerca de veinte kilos. Y la muestra de prueba y el paquete gratuito ella sabía que a lo sumo podían pesar cien gramos.
Quizá, pensó la señora Bartolotti, me envie este paquete mi buen tío Alois. Quizá sea un regalo por mi cumpleaños. Al fin y al cabo hace treinta años que el buen hombre no me ha enviado ningún regalo. Si ahora quiere repararlo, bien podrían llegar a juntarse veinte kilos.
La señora Bartolotti tomó las tijeras de picar cebolletas y cortó el cordón del paquete. Luego, rasgó el papel y levantó la tapa de grueso cartón que había debajo. Dentro había virutas azul celeste y entre las virutas un sobre azul, en el que se podía leer:
Para la señora Berti Bartolotti.
Había sido escrito de modo simétrico, con una cinta nueva y en máquina eléctrica. El buen tio Alois no tenía máquina de escribir y, además, siempre escribía Berti con «th».
La señora Bartolotti abrió el sobre, sacó una hoja de papel doblada y leyó:
Distinguida señora Bartolotti,le adjunto la entrega solicitada. Sentimosmucho habernos retrasado tanto, pero,motivadas por una reorganización en nuestrosistema de producción, se presentaroninesperadas dificultades que hasta ahora nohemos podido solventar.En caso de que nuestra mercancía cosa queno esperamos ya no le sea de utilidad,puede usted devolvérnosla por el mismoporte pagado a vuelta de correo; a cuyo efectole hacemos observar que, por supuesto y por motivos de higiene, sólo podemos admitir la devolución de la lata siempre que esté cerrada.
Aún había una firma debajo, que decía «Hunbert» o «Honbert» o «Monbert». Y aún más abajo:
LA MERCANCÍA HA SALIDODE NUESTRA FÁBRICA EN PERFECTOESTADO Y HA SIDO REVISADAVARIAS VECES.
V

La señora Bartolotti dejó la carta sobre la mesa de la cocina, se inclinó encima de la caja de cartón y empezó a escarbar entre. las virutas azul celeste. Percibió algo liso, duro y frío. Apartó las virutas y vio entonces una gran lata de conservas de brillo plateado. La lata era más o menos tan alta como un paraguas de caballero y tan voluminosa como el tronco de una haya de treinta años. La lata de conservas no tenía etiquetas; sólo había en ella un punto azul celeste, aproximadamente del tamaño de una moneda de diez chelines.

Una de las tapas de la lata llevaba el rótulo ARRIBA y la otra, ABAJO. En el centro de la lata se leía: Documentos en la pared interior.
La señora Bartolotti hizo rodar la lata fuera de la caja de cartón y la puso de pie. Así, el ARRIBA estaba arriba y el ABAJO estaba abajo. Golpeó con los nudillos en la lata; sonó bastante hueco.
Esto no es macedonia de frutas murmuró.
Quizá palomitas de maíz se dijo a continuación.
Las palomitas de maíz le gustaban a la señora Bartolotti, pero cuando examinó más de cerca la lata comprendió que dentro no podía haber palomitas de maíz. Nada líquido o que se pudiera derramar era posible que contuviese, pues era una de esas latas que en el centro, todo alrededor, tiene una cinta de chapa con una anilla metálica. Al tirar de la anilla, se desprende la cinta de chapa todo alrededor y, entonces, queda la lata dividida en dos partes. Por lo tanto, en la lata tenía que haber algo compacto.
Corned beef dijo para sí la señora Bartolotti, extendiendo la mano para agarrar la anilla.
El corned beef le gustaba más aún que las palomitas de maíz. Veinte kilos de corned beef son sin duda un pedazo bastante grande y veinte kilos de corned beef seguro que no iban a caber en su nevera, pero la señora Bartolotti pensó: Bueno, le regalo un kilo a Egon y a la anciana Meier otro kilo y dos al pequeño Michi y al buen tío Alois le envío un paquete con tres kilos. Al menos, así se dará cuenta de que yo le recuerdo más a él, que él a mí. Y, además, pensó la señora Bartolotti, no necesito hacer compra en toda la semana. Comeré corned beef en el desayuno, en la comida y en la cena. La señora Bartolotti agarró la anilla.
Criatura, déjalo, puede salirte mal susurró una voz en su oído izquierdo.
Criatura, abre de una vez esa extraña lata susurró una voz en su oído derecho.
Pero como ambas eran su propia voz, la señora Bartolotti no las hizo caso. Además, era demasiado tarde. Ya había desprendido unos cinco centímetros de la cinta de chapa. La señora Bartolotti siguió tirando. Se oía un extraño ruido silbante. Cuando la señora Bartolotti acabó de desprender la cinta de chapa, la mitad superior de la lata quedó ladeada sobre la inferior y el silbido cesó. Se desprendía un olor a fenol y a hospital y había una fragancia de ozono y aire fresco.
Así no huele el corned beef, de no ser un corned beef asqueroso murmuró la señora Bartolotti al levantar la parte superior de la lata de conservas.
Resultó muy oportuno que la silla de la cocina se hallara exactamente detrás de ella, pues la señora Bartolotti se llevó un susto tremendo. Empezó a temblar desde la punta de los oxigenados cabellos hasta las uñas de los pies pintadas de verde claro, se sintió un poco mareada, se tambaleó y cayó pesadamente sobre la silla de la cocina.

Lo que estaba acurrucado dentro de la lata de conservas, dijo:
Buenos días, querida madre e hizo un cariñoso gesto de saludo con la cabeza.
Cuando la señora Bartolotti se llevaba un susto tremendo, no sólo temblaba y se mareaba. Cuando se llevaba un susto tremendo, la señora Bartolotti también veía ante sus ojos estrellitas doradas y detrás un fino velo violeta.
En ese momento, la señora Bartolotti estaba terriblemente asustada. Veía las estrellitas y detrás el dorado velo violeta, y detrás de él, la mitad inferior de una lata y, dentro, una especie de enanito encogido.

Veía una cabeza encogida y con mil arrugas, brazos apergaminados, un cuello apergaminado y un pecho encogido. Luego vio también un vientre apergaminado y el enano, que al parecer había permanecido sentado en la lata, se puso de pie. La arrugada boca del encogido enano, dijo:
Querida madre, la disolución nutritiva está en la tapa.
La señora Bartolotti agitó la cabeza y abrió y cerró los ojos varias veces. Quería hacer desaparecer las estrellitas y el velo violeta. En efecto, las estrellitas desaparecieron y, a través del velo violeta, pudo distinguir en el interior de la tapa del bote una bolsa azul claro. En la bolsa se podía leer: DISOLUCION NUTRITIVA.

Y debajo, en letras, más pequeñas:
Disolver el contenido de la bolsa en cuatro litros de agua templada e inmediatamente después de abrir la lata, verterlo sobre el contenido de la misma.
En un ángulo de la bolsa decía: «Cortar por aquí», subrayado por una flecha. La señora Bartolotti cortó la esquina de la bolsa justo por la flecha.
Sería conveniente que te dieras prisa dijo el enano. Sin la disolución nutritiva no puedo conservarme mucho tiempo al aire libre.
La señora Bartolotti se levantó de la silla de la cocina. Se tambaleó. Sacó el barreño de plástico rosa de debajo del fregadero, lo puso bajo el grifo y giró el pulsador rojo del calentador de agua hasta «caliente». (El calentador era ya muy viejo y en la posición de caliente daba un agua templada). Cogió un jarro, en el que cabía medio litro, y vertió ocho jarros de agua en el barreño junto con la solución nutritiva. La solución nutritiva era de un color marrón oscuro. La señora Bartolotti removió este contenido con un cucharón y el agua se puso parduzca.
Entonces, la señora Bartolotti vertió lentamente el agua parduzca sobre la cabeza del enano arrugado. A decir verdad, ella esperaba que el agua cayera sobre el enano como un ducha y que se vertiera parte en la lata y parte en el suelo. Pero no sucedió así. El enano absorbía toda el agua marrón y se iba poniendo cada vez más terso, hasta que ya no pareció un enano, sino un niño bastante normal.
Cuando la señora Bartolotti acabó de verter los cuatro litros, halló en la lata un muchacho al que se le podían calcular unos siete años de edad. Tenía un sano color, tostado por el sol, una piel de niño tersa y delicada, mejillas sonrosadas, ojos de color azul claros, blanca dentadura y rizos rubios. Naturalmente, estaba desnudo.
El muchacho salió de la lata de conservas y entregó un sobre azul claro a la señora Bartolotti. La señora Bartolotti tomó el sobre, que era de plástico con sus bordes soldados herméticamente. Impreso en letras negras decía: DOCUMENTOS.

VI
La señora Bartolotti tomó las tijeras de cortar cebollines y rasgó el sobre por la línea de puntos. En el sobre había una partida de bautismo, un documento de ciudadanía y algunos certificados de vacunación. En la partida de bautismo decía:
Padre: Konrad August BartolottiMadre: Berti BartolottiNacido el: 23-10-1967Lugar de nacimiento: desconocido
En el documento de ciudadanía se afirmaba que Konrad Bartolotti, hijo de Konrad August y de Berti Bartolotti, poseía nacionalidad austríaca. Y de los certificados de vacunación se desprendía que Konrad Bartolotti había sido vacunado contra la escarlatina, la tos ferina, el sarampión, la tuberculosis, el tifus, la disentería, la difteria, el tétanos y la viruela.
Aún encontró en el sobre la señora Bartolotti un papel duro, con los bordes recortados en pico. En él, con letras adornadas y en tinta azul claro, estaba escrito:
Queridos padres,acaba de hacerse realidad vuestro másferviente deseo.Nosotros, los fabricantes, les deseamosfelicidad y satisfacciones con su retoño.Que sea siempre fuente de alegría para ustedesy colme las esperanzas que han puesto en él yen nuestra empresa.Nos hemos esforzado por garantizarles undescendiente agradable, simpático y con ungran porvenir.¡Acéptenlo de buen grado!No les resultará difícil esta aceptación, ya quenuestros productos son sumamente fáciles demanejar y de cuidar. Los defectos,imperfecciones, impuestos por la naturaleza,no existen en nuestros acabados productos dealta perfección técnica.Y por último, un ruego.Este retoño está construido de tal modo que,además de la vigilancia y cuidados normales,necesita afecto.¡Les rogamos que no lo olviden!Mucha felicidad para un largo futuro les desea,

De nuevo la firma podía decir «Hunbert» o «Honbert» o «Monbert».
El muchachito de siete años, que según la fe de bautismo se llamaba Konrad Bartolotti, castañeteaba los dientes y se le había puesto carne de gallina.
¿No tienes ropa? preguntó la señora Bartolotti.
La ropa me la tienen que dar aquí, así está convenido dijo Konrad.
La señora Bartolotti sacó su gruesa chaqueta de punto del armario del vestíbulo y se la puso a Konrad por los hombros. Konrad dejó de castañetear los dientes.
Nos han explicado dijo que la moda cambia muy rápidamente. Sería absurdo que nos mandaran vestidos. Cada año se lleva algo distinto y no sería lógico que nos dieran ropas de antemano Konrad contempló las larguísimas mangas de la chaqueta de punto y preguntó ¿Es ésta ahora la moda para los chicos de siete años?
No, no dijo la señora Bartolotti. Los pequeños llevan otras cosas. La chaqueta es mía. Yo no sabía…
¿Qué no sabías? preguntó Konrad.
Pues que te enviaban.
¡Sólo nos envían por encargo!
La señora Bartolotti creyó percibir en la voz de Konrad un tono de reproche.
O ¿es que se ha equivocado de dirección el servicio de ventas?
Ahora, la señora Bartolotti creyó percibir en la voz de Konrad un tono triste.
No, no se apresuró a decir la señora Bartolotti. El servicio de ventas no se ha equivocado, claro que no, sólo…. sólo que…, yo no sabía que llegabas hoy; pensaba que no llegaría hasta dentro de una o dos semanas.
¿Estás contenta de que haya llegado, madre? preguntó Konrad.
La señora Bartolotti contempló a Konrad. El niño necesitaba afecto, pensó. Claro, todos necesitamos afecto. Y también pensó que era un niño muy agradable. Seguro que es tan agradable como Egon, y tan agradable como la anciana Meier. Y, con toda seguridad, más agradable que Michi, el nieto de la anciana Meier. Además, en algún momento le habré encargado. Ahora está aquí y necesita afecto.

NO TE PIERDAS LA CONTINUACIÓN DE ESTE CUENTO DE CHRISTINE NOSTLINGER, UNA ESCRITORA AUSTRIACA QUE LE FASCINA ESCRIBIR PARA TI.

La próxima semana seguirá ¿Qué le ocurrirá a KONRAD?

Encontrado en : La Piedra del Duende

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