Explicar lo inexplicable
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… cuando, de repente, entrando en la sala vislumbras, detrás de una cortina, en otra salita, a los pequeños dormidos, algunos asustados, la mayoría tranquilos en los brazos de sus cuidadores… y una mamá casi grita: “están aquí, están aquí!!” y todo el mundo estira el cuello para poder ver algo…

Esta vez estábamos en Guangzhou, capital de Guangdong.
11 familias emocionadísimas, y nosotros dos, Tomás y yo, sólo un poquito más tranquilos, sólo un poquito.
La cita para la entrega era a las 14.30. Llegamos muy puntuales.
La mañana la habíamos pasado todos juntos, esperando que desde la oficina central del banco trajeran los casi 500.000 yuanes necesarios para los trámites.
En el lobby del hotel Holiday Inn, mientras llegaban los paquetes con los carritos, todo el mundo deambulaba intentando bajar la tensión: ahora que no faltaban más de unas horas para el encuentro tan esperado, se cortaba, esa tensión, cómo si fuera sólida y al mismo tiempo parecía un vapor espeso que se expandía por el entorno contagiando a todos, a pesar de que algunos intentaran disimular o aparentar que todo estaba controlado.
Algunos ceniceros se llenaron rápido, mientras el atento personal del hotel intervenía sólo para pedir que bajaran la voz algunos de los hermanitos que jugaban a perseguirse por el hall del hotel.
Cogimos el autobús y llegamos al registro civil.
Antes de entrar nos tomaron la temperatura a todos, los controles por el temor a la gripe A, se repetían, y se repetirán a lo largo del viaje una y otra vez. Todos en perfecto estado de salud (y alguna pastillita de Paracetamol por si a caso).
Las niñas y los niños están en la salita.
El registro de Cantón se ha trasladado en el 2007, por lo que también para mi el lugar es una novedad. Subimos a la planta 8.
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Antes de que toque a nuestras familias se entregan 3 niñas a familias americanas, las tres con necesidades especiales.
Llaman unos nombres, la pareja se levanta del sofá donde esperaba sentada, y se acerca, parándose a unos metros de la cortinilla…
Unos segundos que parecen eternos, y la cortinilla de colores chillones se abre y aparece una cuidadora con una pequeña de ojos rasgados y muy abiertos, que mira alrededor.
Los papás entregan la carta de Invitación, y el papá coge en brazo a la pequeña.
La niña se agarra a su camiseta, acerca su cabecita a la grande del papá, es increíble cómo en un segundo parece sentirse a gusto y segura en el delicado abrazo de su recién estrenado nuevo padre, todos nos miramos sorprendidos.
La niña tiene los pies totalmente torcidos, pero con sus piernitas delgadas también se agarra al pecho grande del padre, fotos, lágrimas, sonrisas.
Nadie escapa a la emoción.
Nadie puede evitar sentir cómo un hormigueo, descargas de una extraña energía que no para de subir y bajar por la columna, oleadas de presión en el pecho, brotan las lágrimas en las caras sonrientes, carne de gallina, hasta un momento de vértigo…
La siguiente niña tiene algunos añitos, no sé si 4 o 5, no es evidente que tipo de patología tiene, pero pronto todo el mundo descubrirá que no le falta aire para gritar con desesperación, cuando la cuidadora la deja en
las manos de sus papás. Intentan cogerla en brazos y ella se retuerce, y no quiere, no quiere y llora, grita, desesperada, desgarrada.
Sus papás se esfuerzan por mantener una sonrisa que es más bien una mueca de angustia y tristeza porque la situación no es nada fácil.
Se apartan en un rincón un poco más protegido de las miradas de los demás, mientras siguen entrando nuevas familias de otros países a la espera de que le toque su turno.
Los gritos desesperados de aquella niña seguían cuando media hora más tarde nuestro grupo subió a la planta 9 para cerrar los trámites del primer día.
Unos segundos después salió una niña, de unos 3 o 4 años, andaba solita, sin ayuda, a pesar de que le faltara una piernita, hasta un poco más abajo de la rodilla.
Sonreía, con una sonrisa maravillosa, de oreja a oreja, bella como la niña más bella del universo entero.
Se nos encogió el corazón y fue para todos una bofetada, esa sonrisa y la mirada que no podía evitar caer en el calcetín blanco que cubría la piernita mala, nos sacudió enteros, cómo un terremoto que hace vibrar hasta los cimientos más sólidos, y todas nuestras seguridades e inseguridades, la sonrisa inmensa de aquella niña nos decía sin pronunciar una sílaba lo que es este mundo y lo cerca que están los opuestos en este planeta.
No pudimos ver la cara de sus papás en ese momento, porque para ella se había reservado una habitación y la puerta se cerró oportunamente nada más entrar la pequeña.
Después fue el momento de nuestras familias.
El torbellino de emociones

 Explicar lo inexplicable para niños de infantil

dio otra vuelta rápida y sentí que estábamos en otro lugar aunque fuera el mismo sitio.
Empezaron a disparar las cámaras y una a una salieron las pequeñas y los pequeños, cada mirada de la no poca gente que allí estaba, merecería una párrafo especial.
Explicar lo inexplicable es complicado.
Seguramente por mi escaso nivel de castellano me faltan palabras, pero quizás dominando el entero registro de adjetivos, tampoco se pueda dar cuenta exacta de lo que se siente en esos momentos.
Por que además, si pudiera elegir una sola familia podría intentar la descripción, pero allí estaban mamás, papás, hijos, parientes y hasta amigos, y cada cara, cada mirada, cada gesto, palabra o suspiro era por si solo todo un poema.
Sobre aquellos ojos un velo de humedad, y el reflejo de un arcoiris de sentimientos, ilusiones, miedos y alegría, colores que se separan dejándose ver por un momento y un instante después desaparecen haciéndose pura luz.
La experiencia de encontrarte con tus hijos es una explosión de todo, a veces esa energía se transforma en una aparente calma total, como en el ojo de un huracán, o al contrario, todo se sacude entre sollozos y palabritas repetidas 100 veces: no, no, cariño, cariño, papá, mamá, no, no, y objetos que se empujan en las manos de los niños esperando que su atención se distraiga del llanto y de la angustia…
Muchas niñas se durmieron al instante.
Otros empezaron a jugar cómo si no hubiese pasado nada.
Otr@s aceptaron con agrado la galleta o la tortita de arroz…
Otros negaban con la cabeza, intentando escapar de la situación…
Otros lloraban en silencio…
Otras se reían…
Muchos pasaban de un estado a otro, y vuelta a empezar…
Y los padres, hermanos, abuelos, amigos y todos los presentes de pie o sentados en los sillones, levántandose y volviendo a sentarse, una dos diez veces, comentando, abrazando a sus peques metidos en una especie de bola de cristal…
Intercambiando miradas.
Una mirada que era enterita un tocho de 500 páginas de palabras.
Termino aquí, de momento, la crónica de este viaje que para las familias todavía no ha terminado, ya que volverán a casa el próximo fin de semana.
He llegado antes de ayer, pero un trozo grande de mi cabeza sigue estando allí.
Me encuentro a menudo con la mirada perdida y el pensamiento vagando en los recuerdos recientes.
Nadie puede saber lo que son, sin haber vivido directamente aquellos momentos.
Tampoco la experiencia cubre el inmenso abanico de sensaciones.
Las he vivido en la entrega de mis tres hijas, y además acompañando algunas veces las familias en el viaje, cada vez hay algo más, algo nuevo, nunca dejas de sorprenderte.

Encontrado en : Adoplandia

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